El párroco del Templo La Merced y de la parroquia Cristo Rey, David Vargas Valencia, destacó que la festividad de Las Cruces, que se celebra cada 3 de mayo, constituye una manifestación cultural heredada de los antepasados andinos y enriquecida con la llegada de la doctrina cristiana, dando lugar a un importante sincretismo religioso.

El sacerdote explicó que, antes de la colonización, las culturas andinas consideraban a los cerros y montañas —denominados “apus”— como espacios sagrados de encuentro con lo trascendental, además de cumplir un rol protector frente a fenómenos climáticos como heladas o granizadas. “Nuestros antepasados concebían estos lugares como espacios de protección y espiritualidad, lo cual también tenía una base práctica en la actividad agrícola”, señaló.

Con la llegada de los evangelizadores durante la época colonial, estas prácticas fueron reinterpretadas y, en muchos casos, reemplazadas simbólicamente mediante la instalación de cruces en las cimas de los cerros. Según Vargas Valencia, este proceso no eliminó las creencias previas, sino que dio origen a una fusión cultural que persiste hasta la actualidad.

“Hoy vemos cómo la cruz continúa siendo un símbolo de protección, incluso en los hogares, donde muchas familias colocan pequeñas cruces en sus puertas, especialmente durante celebraciones como el Viernes Santo”, indicó el párroco, resaltando que estas prácticas mantienen un profundo significado espiritual y cultural.

Asimismo, remarcó que esta festividad guarda una estrecha relación con el calendario agrícola andino, coincidiendo con épocas de cosecha de productos como la papa, la quinua y la oca. En ese sentido, sostuvo que también representa una forma de gratitud hacia la “madre tierra” o “casa común”, concepto promovido por el papa Francisco.

En relación a la tradición de las Alasitas, explicó que las miniaturas simbolizan los proyectos de vida de las personas, quienes, mediante la fe, expresan sus aspiraciones personales y profesionales. “No es solo una compra simbólica, sino la manifestación de un propósito de vida”, precisó.

No obstante, el párroco advirtió que el crecimiento urbano de ciudades como Juliaca ha impactado en la continuidad de estas tradiciones. Indicó que muchas cruces que antes se encontraban en zonas rurales han quedado rodeadas por viviendas o, en algunos casos, han desaparecido debido al fallecimiento de sus devotos o a la expansión urbana.

Ante ello, planteó la necesidad de reubicar algunas de estas cruces y preservar la festividad como parte del patrimonio cultural de la región. “Es importante que las nuevas generaciones conozcan el origen de estas celebraciones y valoren su significado más allá de lo superficial”, enfatizó.

Finalmente, Vargas Valencia hizo un llamado a revalorar las raíces culturales andinas y a mantener viva esta tradición, no solo desde la fe cristiana, sino también como una expresión de respeto y gratitud hacia la naturaleza. “La cruz también nos invita a cuidar la tierra que nos acoge”, concluyó.

R.C.M.

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